Las nuevas maquinas de dinero en la industria del entretenimiento

ECONOMÍA

Capítulo 1: Bad Bunny, el nuevo flautista de Hamelín

Volemos a Miami, la primera ciudad en Estados Unidos fundada por una mujer y donde los Mayaimi, entre los siglos XVII y XVIII, bañaron sus cuerpos y fueron arrullados por la luna del Atlántico.

Montémonos en un taxi y lleguemos al barrio de Brickell. La reservación estará a mi nombre. Pidamos un corte de carne wagyu.

Quizá pienses en aderezar la velada con música de Philip Glass, John Cage o Steve Lehman y, aunque parezca apropiado, no te lo recomiendo. Lo mejor será deslizarnos por las playas artificiales de Miami a ritmo de la música de Benito Antonio Martínez Ocasio, el boricua que hasta hace pocos años dividía sus días entre estudiar Comunicación Audiovisual y trabajar como empacador en un supermercado y que ahora es el dueño de Gekko, el mismo del que sales después de disfrutar de un corte de seis mil pesos.

Frente a quienes cuestionan el valor del reguetón, nacido en los barrios bajos de Puerto Rico y Panamá, el género musical responde con indicadores sólidos: giras exitosas, dúos y colaboraciones que se mantienen en las listas de popularidad durante meses, obtención de premios Grammy a granel y conciertos donde la leyenda SOLD OUT no pocas veces corona las marquesinas de arenas y auditorios. Y de entre todos sus exponentes, Bad Bunny se erige como el financieramente más próspero, con ingresos promedio de 7.9 millones de dólares que hacen que el sitio Celebrity Net Worth estime su fortuna en los 370 millones de pesos.

En mayo del 2021, el cantante invirtió en un equipo de basquetbol los Cangrejos de Santurce. Pero también lo hizo en el cine, en una cinta estelarizada por Brad Pitt, donde además se dio el lujo de ser un malo con el corazón destrozado y, consciente del amor que le prodigan sus fans, ya convirtió el tráiler que usó en sus giras en un hospedaje Airbnb que puede ser rentado y cuyas ganancias se donarán a la fundación Good Bunny, dedicada a mejorar la vida de jóvenes boricuas.

¿Están equivocados los 38 millones de seguidores que siguen al intérprete en Instagram?, ¿las más de 9.100 millones de escuchas en 2021 en Spotify?, ¿quienes participan en el sorteo para poder comprar un par de tenis que la marca Adidas lanzó en su honor con un precio oficial de casi cuatro mil pesos? Para que duela más la herida de quienes invalidan este género musical:

Michelle Wu, alcaldesa de Boston, Massachussets, hace apenas unos meses instituyó el 18 de agosto como el día de Bad Bunny.

Lo anterior bajo el argumento de que “la ciudad se enorgullece en honrar a quienes, a través de la dedicación y la excelencia, contribuyen de manera significativa al bienestar de la comunidad latina”. Una declaratoria que se amplía al comentar que ha revolucionado no solo la música, sino también la moda al desafiar los estereotipos de género que dictan cómo nos vestimos como personas”.

¿Están equivocados? Mejor aún, cambiemos la pregunta: ¿qué obtienen a cambio de comprar boletos de conciertos y escuchar una y mil veces los temas de este artista que lo han convertido en una máquina de hacer dinero? Obtienen algo más caro que un par de tenis o un corte de carne, obtienen la experiencia de la transgresión, el poder y la libertad, una tríada poderosa en la cual son eternos, jóvenes y felices. Un sueño que, como seres humanos, así como los niños que siguieron al flautista de Hamelín, no siempre estamos en condiciones de desoír.