El valor del silencio

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Las redes sociales y el entorno público digital se convirtieron en un escenario de estridencia y escándalo, entre más fuerte el mensaje y más impactante la imagen, más comentarios y más interacción. Lamentablemente, a veces de manera oculta y otras veces descaradamente presente, el morbo es el imán que atrae la atención de los billones de internautas que a diario optan por recluirse en la prisión de su teléfono celular buscando contenidos desechables.

Los humanos empoderados por el anonimato digital pueden acabar con trayectorias, destruir reputaciones, aniquilar el valor de instituciones consolidadas y encumbrar efímeramente a personajes cuya fama habitualmente no dura más allá de una semana.

Debido a la ignorancia, el ilusorio escaparate de las redes sociales, se ha convertido en ley incuestionable para muchos, y la sed por figurar solo puede calmarse subiendo una fotografía, haciendo una banal coreografía o escribiendo algún mensaje buscando la aceptación a través de un “like”, la métrica moderna de aceptación con la que los usuarios del espacio digital calman sus ansias y se perciben valorados y queridos.

En esta compleja época de ruido innecesario, todo indica que saber guardar silencio es un reto difícil de cumplir, ya que hacerlo nos obliga a analizar lo que pasa a nuestro alrededor y por sobre todas las cosas, nos hace pensar.

El silencio ha sido desde épocas ancestrales uno de los valores más apreciados y enigmáticos del ser humano y quienes lo saben manejar, de inmediato se convierten en maestros o figuras reverenciadas. Saber quedarse callado es una disciplina que pocos logran dominar, lo mismo ocurre con quienes aprenden a hablar en el momento adecuado para decir solamente aquello que es necesario.

La diarrea verbal es común y muchas veces la gente entre más habla más importante se siente, así ocurre en el ámbito personal, social y profesional; estos innecesarios torrentes de palabras suelen llevar al hastío a quienes las escuchan y lo mismo ocurre cuando lo extrapolamos a los mensajes de texto o a nuestras publicaciones en redes.

Con todo lo que pasa a nuestro alrededor y a la velocidad en la que este mundo va, saber escuchar es sinónimo de respeto y para hacerlo necesitamos estar en silencio.

Procuremos observar, respiremos pausadamente, aprendamos a contemplar la belleza de las cosas y de nuestro entorno, comprendamos que nuestra vida no depende de la interacción con una publicación digital. La prisa por hablar está en nuestra cabeza y entrenarnos personalmente para hablar cuando es momento, puede convertirse en un hábito maravilloso.